
En esto llegó una viuda cargada con una bolsa.
Venía del supermercado, del barato, porque se ahorraba unos céntimos.
Y se acerca despacio, pues tenía más que tiempo, al lugar de las ofrendas.
Y deja caer unas monedas, las que había ahorrado de su justa pensión.
Uno de los que estaban allí luciendo sus joyas miraba de lado,
pensando que no merecía la pena esa ofrenda:
poco se podía hacer con esos céntimos.
Y la viuda se retiró sin ruido y marchó hacia su casa,
contenta por lo que había ofrecido a Dios,
ese Dios que sostenía su soledad y la indiferencia de la gente.
Sólo Jesús se fijó en aquella ofrenda. Para los demás no merecía la pena.
La viuda no le conocía seguramente.
La viuda no le conoció posiblemente.
Pero en el corazón de Jesús quedó aquella lección
del corazón generoso que es el lugar donde mejor habita Dios.
¿Llama la atención a Jesús mi corazón?
¿Soy capaz de compartir con los demás mi tiempo,
mi corazón, mis sentimientos…?
O ¿sólo acostumbro a quitarme lo que me sobra,
lo material que me estorba, sin que eso que ofrezco me empobrezca…?
Date la vuelta, viuda de la bolsa, para enseñarme esa lección de vida
que dejó admirado al mismo Jesús de Nazaret.