1. Las trampas
Hay trampa en las palabras. En la sociedad palestina de la época, los muy ricos son poquísimos, pero los muy pobres son la mayoría. Los esclavos por deudas contraídas, los pequeños propietarios arruinados, las viudas, los huérfanos, las innumerables multitudes de cojos, tullidos, ciegos, leprosos que aparecen por todas partes en los evangelios, dan buena cuenta de la terrible situación de la gente. ¿Cómo puede un “muy rico” proclamar sin inmutarse en una sociedad como aquélla que ha cumplido “todos” los mandamientos? Y ¿por qué le mira Jesús con simpatía?
Y es que “el buen rico” está atrapado. No lo sabe, pero ha caído en la trampa del dinero, la más vieja, la más evidente y la más invisible de todas las trampas: el que posee es poseído. Así de fácil, de evidente, de eterno; lo que todo el mundo ve menos el poseído por sus riquezas. El dinero y sus consecuencias, el nivel de vida, las relaciones con los de su círculo y status, las obligaciones sociales … se cierran sobre el que posee como una deliciosa red, transparente, brillante, apetitosa y falaz. ¿No es la riqueza un trabajo ahorrado? ¿No tiene una persona derecho a disfrutar de lo que con tanto esfuerzo ha conseguido? ¿No es mejor poseer para poder ayudar? ¿Qué tiene de malo comer bien, evitar incomodidades, disfrutar de la vida, asegurar el porvenir de los hijos?
Estos son los hilos de la red, especialmente poderosos porque son razonables. Es evidente: el dinero es fruto del trabajo y usarlo es por tanto un derecho. Es evidente: sin dinero no se pueden hacer muchas cosas buenas que son posibles con él. Es evidente: nada tiene de malo satisfacer con holgura las necesidades, garantizar la seguridad de la familia. Todo eso es evidente… si no fuera por otras dos evidencias en contra que dejan en ridículo a las anteriores: la libertad y la compasión.
2. Hay otras evidencias
* La primera consecuencia que trae, irremediablemente, la satisfacción continua de lo que calificamos como “necesidades” es su continuo crecimiento. Consumir es un agua que cada vez da más sed. Disfrutar es bebida que crea adicción.
Comprar excita el hambre de comprar más. Pertenecer a un grupo social altamente consumidor obliga a consumir tanto o más que los demás. Y las doradas cadenas del poseer y disfrutar se hacen cada vez más gruesas y más dulces. Jesús lo definió con una sola palabra, tan sencilla y genial como todas las suyas: servir. “No podéis servir a dos señores”. Lo más evidente y menos visible es que el dinero y sus consecuencias no son nuestros servidores sino nuestros amos: nos imponen el nivel de vida, la distribución del tiempo, la jerarquía de valores, insensiblemente, haciéndonos incluso creer que somos nosotros quienes decidimos libremente.
Somos pájaros felices de estar enjaulados en barrotes de oro.
Pero hay otra evidencia peor. El nivel de vida y las necesidades creadas por la posesión abundante de bienes arruina la capacidad de con-padecer, hasta llegar a matarla. La ayuda al necesitado se plantea en términos de obligación y se expresa en porcentajes. ¿Qué tanto por ciento de lo que me sobra tengo que dar para estar a bien con Dios? Una vez entregado ese tanto por ciento, el resto (de lo que me sobra, por supuesto) queda libre para seguir alimentando mi propio consumo y necesidad de disfrutar. Lo que les pase a los demás no es de mi incumbencia.
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